Tercer sábado de julio con María Santisima de los Milagros

Señora del buen consejo, en lo más profundo de mi corazón. Me pongo en presencia de María, en el momento en que se pone a deliberar sobre la proposición que recibe de Dios por parte del arcángel. Pienso en mis dudas, en mis vacilaciones, en los errores que he cometido en el pasado, en cómo me he mostrado perplejo ante determinadas situaciones. Ninguna de estas situaciones es trascendente como la que tuvo María: ¿Quieres ser la Madre de Dios? Esta es la pregunta más relevante de la historia. O dicho de otro modo: ¿Quieres ser partícipe de la redención del género humano? Y una pregunta sobre los designios de Dios tiene que responderlo una niña. Y en cuestión de segundos tiene que realizar una mirada sobre su vida y responder. Para ello se necesita mucha vida interior, mucha oración, mucha confianza en el Padre, un actitud de observancia, grandes dosis de humildad, una delicadeza exquisita, una entrega total al Espíritu Santo, una sabiduría especial. Pensar en esta decisión cuando tantas veces debo tomar decisiones no tan relevantes me invita a tener un sentimiento de entrega a María, poner en sus manos también mis decisiones, dejar que la manifestación de su sabiduría y su consejo adornen mi ser.
Pienso en lo importante es darle trascendencia sobrenatural a cada una de mis decisiones. ¿Cuáles deberían ser los medios para tomar decisiones aprendiendo de María? Poner en primer lugar cada cuestión en una orden superior. Dejar que mi espíritu esté abierto a la trascendencia para dejarme iluminar por la luz del Espíritu. Llenar de paz mi interior de modo que la calma y la serenidad me permitan tomar deliberaciones con prudencia. Eliminar el desorden de mi vida. Estar abierto a la ayuda del prójimo, con humildad, con confianza en la Providencia, en permanente escucha. Recogerme desde la oración para escuchar el susurro del Espíritu, ser reflexivo para una correcto discernimiento. Tomar una decisión desde la verdad y la autenticidad no para agradar a nadie, sino porque la decisión es sincera.
Vuelvo mi mirada a la Virgen. Y la invoco con el corazón abierto para que me otorgue en todo momento el don de consejo.
María Santísima de los Milagros, Madre del Buen Consejo, hazme comprender que el don de consejo que viene el Espíritu y que tu acogiste con humildad y sencillez es lo que guía nuestra vida cristiana! ¡Enséñame a estar siempre movido e inspirado por el Espíritu! ¡Enséñame, Madre, a discernir con obediencia! ¡Ábreme, María, al don de consejo para que mi alma tenga en todo momento la capacidad de juzgar de manera segura, según la voluntad de Dios, especialmente en los momentos de dificultad! ¡Guíame en todo momento, Madre, Señora del Buen Consejo, para que sea capaz de aprender a conciliar lo simple con lo astuto, lo firme con lo suave! ¡Ayúdame a tomar las decisiones adecuadas, incluso las más pequeñas e insignificantes, con una manera trascendente, bajo la inspiración del Espíritu Santo, para la gloria de Dios y para que se cumplan en mi vida sus designios! ¡Ayúdame a ver, María, que si aplico bien el don del consejo en mi vida mi lógica humana y personal, mis caminos individuales, propios y mis anhelos humanos, mis deseos terrenales tantas veces carentes de amor, caridad, prudencia y prejuicios pasan a un segundo lado y aprender a decir y actuar como lo harías tu o tu Hijo y preguntarme: ¿Señor, cómo lo harías Tu, como actuarías Tu, cual es tu deseo? ¡Ayúdame, María, a recordar aquello que exclama tan explícitamente el salmo y que seguramente Tu activaste por tu vida interior el día que se te presentó el ángel: “Yo te haré saber y te enseñaré el camino que debes seguir, seré tu consejero y estarán mis ojos sobre ti”! ¡Madre, María, Señora del Buen Consejo señálame siempre el camino que debo seguir, los peligros que debo evitar y los obstáculos que debo vencer!
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