
Madre del Amor Hermoso, en lo más profundo de mi corazón. Me imagino como a la Virgen le gusta que le invoquemos con oraciones humildes y sencillas. Creo que la oración que mas le enternece y le llena de gozo es la oración del Ave María porque le recuerda el saludo del ángel cuando hizo su aparición en la pequeña casa de Nazaret. El Ave María es una oración de piedad preciosa, profundamente bíblica, tierna, que pone en valor la obra maravillosa del amor de Dios, que nos regala la plenitud de la gracia, que hace resplandecer en María nuestra propia vida, que canta la belleza espiritual de la Virgen, que es un canto a la maternidad de Nuestra Madre, que da gracias a la humildad del sí de María.
Convencido también estoy que sonríe cuando le rezas en el Magnificat, y le saludas como su prima santa Isabel empezando con esas palabras tan hermosas: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”. Y pondrá sus manos sobre su corazón cuando le rezas con devoción el Salve Regina, que te lleva a honrarla y amarla como Reina de Cielos y Tierra, y la saludas y le das la bienvenida a tu corazón a la Madre de Dios.
Me gusta orarlas con un corazón sencillo, humilde, repitiéndolas con devoción de hijo, tratando de contemplar el rostro de María, poniendo todo mi amor y mi entrega para que Ella las acoja con su corazón de Madre. Lo hago especialmente en momentos alegres y esperanzados, para dar gracias, cuando paso delante de una Iglesia u observo alguna imagen en un portal o un baldaquino de mi ciudad, en el campo o en la montaña, pero también en aquellos momentos de dificultad, de sequedad espiritual, de endurecimiento del corazón, de tristeza interior, de dificultades personales y profesionales, de hastío emocional… sé que la Virgen lo acoge todo y lo eleva a Dios. Sé que actúa en mi vida porque rezándole a la Virgen, pidiéndole con el corazón abierto, ella actúa porque es la medianera de todas las gracias, ella eleva todas las súplicas humanas a Dios, ella es la gran invocada para recibir los dones del Padre.
En este tercer sábado de agosto abro mi corazón y se le entrego a María para que acoja mi corazón pequeño y quebradizo y me lo lleve con paso firme hacia Jesús.
¡Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo. Bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte! ¡Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, ¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita! ¡Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra; Dios te salve. A ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos; y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh, clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María! ¡ Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¡Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia –como lo había prometido a nuestros padres– en favor de Abrahán y su descendencia por siempre. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos! ¡Amén!
Virgen de los Milagros,
proteje a Extremadura de todos los fuegos y que cesen pronto.




