Día grande en la Iglesia junto a la Virgen de los Milagros. Festividad de la Asunción de la Virgen María

Día grande en la Iglesia junto a la Virgen de los Milagros. Hoy conmemoramos la festividad de la Asunción de la Virgen María y el acontecimiento que la Iglesia nos invita a celebrar es la victoria definitiva de Dios en sus criaturas, heridas por el pecado, sacudidas por los desmanes que atentan contra su santidad y los vientos huracanados que debilitan su camino hacia el cielo. Pero ahí surge la figura de María, Madre de Jesús, que ejerce desde los pies de la Cruz de madre de la humanidad entera que sube al Cielo en cuerpo y alma para testimoniar la victoria de Dios.
María confronta los ataques del demonio. Lo mantiene bajo su control. Es también lo que celebra la Solemnidad de la Asunción. Asciende al cielo en cuerpo y alma. ¡En cuerpo y alma! La separación de alma y cuerpo que es la marca de la muerte, en María permanecen unidos. Para el resto de la humanidad nuestra alma y nuestro cuerpo se separarán a la espera de volver a reunirse al final de los tiempos el día de la Resurrección. Pero no en María, Inmaculada desde su concepción, lo que deja patente que el príncipe del mal no ejerce control sobre Ella. ¿Y como nos afecta a los cristianos? Comprendiendo que la Virgen ejerce su maternidad enseñándonos a no asirse a las tentaciones permanentes del demonio, a no abrirle las puertas de nuestro corazón dejándose vencer por el pecado, por medio de la soberbia, el egoísmo, la mentira, la intolerancia, tanta falta de compromisos que alteran nuestra libertad… Atacados estaremos siempre pero la Virgen es nuestro sostén en la lucha contra sus perversiones. Ahí está una de las grandes fuerzas del Rosario. María nos invita a no rechazar a Dios y su mensaje de amor. Nos invita a apostar por Dios y no por Satanás, el máximo promotor del materialismo, del individualismo, del hedonismo, del egoísmo, de los vicios humanos, el corruptor del corazón del hombre. María nos refuerza en nuestra unión con Dios para que el demonio no desfigure su obra, para que no dañe nuestra relación con Él, para que no dañe nuestra dignidad, para que no deslegitime nuestro camino hacia la santidad. Y esta festividad me hace cuestionar hasta qué punto pongo todas mis luchas a la intercesión de la Santísima Virgen. ¿La invoco para que me ayude a frenar lo que el diablo está tratando de dañar en mi? ¿Le confío lo que es frágil en mi ser?
María también me enseña en esta fiesta a estar más unido a Dios. La oración del Magníficat es el mejor ejemplo. Cuando la Virgen María ora, su persona está tan unida a Dios que es difícil distinguir a las personas. María recibe todo de Dios y devuelve todo a Dios con una oración de acción de gracias, de exaltación de sus maravillas. De hecho, María es una con Dios, cuyo proyecto ha abrazado con su sí de la Anunciación. ¡Que ejemplo más maravilloso a seguir!
Esta Fiesta también recuerda que María, Madre de la Iglesia, protege a su Iglesia de los ataques del demonio. Recuerda que vayamos con cuidado con las palabras, los comentarios, las críticas que dañan a la Iglesia y la desfiguran. Que se debe huir de las actitudes falsamente caritativas, que, disfrazadas bajo un manto de amor, muy a menudo no son más que la expresión de un terrible orgullo o la exaltación de un ego devastado.
Pero esta fiesta me invita a otra reflexión. Mi amor a María, esposa de la Iglesia, es una forma de recordarme que la santidad no es sólo un asunto individual. La Virgen hace visible en su persona la plenitud del don del Espíritu Santo al realizar en sí misma el designio del Padre, es decir, nuestra santificación. Contemplando a María en el cielo, como aquella en la que el Señor ha obrado maravillas, descubrimos no sólo la santidad personal de la Madre de Dios, sino también la santidad de toda la comunión eclesial. La santidad de la iglesia se concreta así en su miembro más eminente que supo responder a la llamada apremiante del Hijo: “Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”.
María es la primera beneficiaria de la recreación que es fruto de la muerte y resurrección de Jesús. Soy peregrino. Ella va por delante, pero me muestra el final de la meta. Y me dice: si eres fiel, si sigues el camino de Jesús, un día disfrutarás de la gloria eterna. ¡Gracias, María, por tu ejemplo de vida!
¡María, en esta fiesta me recuerdas que si soy fiel, si sigo el camino de Jesús, un día disfrutaré de la gloria; ayúdame a conseguirlo, Madre! ¡María, Madre de la humanidad y Madre mía, que estabas inmune al pecado, que estabas libre de toda corrupción, que pudiste entrar en cuerpo y alma en la gloria del cielo, concédeme la gracia de alejarme siempre de la tentación del demonio, que rechace en mi vida todo tipo de pecado, que sea consciente qué es lo que me separa de Dios! ¡María, por tu integridad virginal, diste a luz a Jesús, lo formaste, le enseñaste a orar, le inculcaste las virtudes, concédeme la gracia de caminar de tu mano para seguir sus enseñanzas y tratar de parecerme más a Él! ¡María, Asunta al cielo, que participaste en la obra redentora de tu Hijo, ayúdame a vivir acorde con la verdad revelada y que mi vida sea siempre aspirar a la vida eterna! ¡María, Señora del Magníficat, signo de esperanza, de amor, de caridad y de consuelo, intercede para que el Espíritu Santo me llene de su presencia, para ser fiel a la Palabra que Cristo me llama a ser y, como Tu, convertirme en sacramento de su Reino! ¡Madre de cielo y tierra, esplendor de la luz de Jesús, que vives en Él y para Él, ayúdame a vivir así en mi vida cotidiana!
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